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La oleada de violaciones que están aconteciendo estas últimas semanas en La India no debería de escandalizarnos tanto a los ciudadanos de países democráticos y desarrollados como el nuestro; puesto que, si bien nos creemos superiores en materia de derechos sociales con respecto a los no occidentales, lo cierto es que la nuestra sigue siendo una sociedad terriblemente machista.

Así, si echamos mano del diccionario el mismo se refiere al término mujer como persona del sexo femenino. Pero también le atribuye a tal concepto otras acepciones como mujer de la vida, mujer de la mala vida, mujer de vida airada, mujer de vida alegre y prostituta. Sin embargo, en el caso del hombre sucede todo lo contrario. De tal forma que hombre de bien, hombre de palabra, hombre de ciencia y hombre de letras son algunas de las gratas asociaciones que se emplean para tal concepto. Por tanto, si uno lee esto piensa que el mundo se divide en fulanas y caballeros. Lo cual, dista bastante de la realidad si tenemos en cuenta datos tan escabrosos como los manejados en un informe de la ONU del año 2009 sobre la violencia contra las mujeres según el cual, alrededor del 70 % de las mujeres experimenta violencia (física, psíquica, psicológica o económica) a lo largo de su vida. Por si esta cifra no resultase lo bastante alarmante, en el mismo se expone también que las mujeres con edades comprendidas entre los 15 y los 44 años de edad corren mayor riesgo de ser violadas o maltratadas en casa que de sufrir cáncer, accidentes de vehículos, guerra o malaria. Además de que según fuentes de la Organización Mundial de la Salud, en países como Australia, Canadá, EEUU o Israel entre un 40 y 70% de las mujeres víctimas de un asesinato fueron matadas por sus parejas.

Por tanto, deberíamos dejar de creernos mejor que el resto puesto que detrás de todos estos casos y de muchos más como el de sentencias y opiniones policiales que evalúan la forma de vestir , la conducta, el no ser virgen, etcétera, como elementos justificativos y atenuantes de la agresión sufrida, el machismo es siempre telón de fondo y esta conducta no entiende de religión, sexo, clase social y nacionalidad.

De tal forma, la muerte o castración del individuo que ha perpetrado dicho crimen de nada serviría, dado que la situación reviste una mayor complejidad. La cuestión aquí suscitada por ende, debería únicamente hacer referencia a los valores y a la educación transmitida por los padres o educadores de esos niños y niñas que algún día serán adultos y del resto de su entorno social.

Cabe esperar, por tanto, que el machismo siga desgraciadamente durante muchos años más con vida. Pues pretender lo contrario, hoy por hoy, sería engañarnos a nosotros mismos cuando ahí están las letras y los videoclips de reggaeton, los anuncios de productos para la limpieza que siempre tienen como protagonista a una mujer, la presentadora de los informativos que con frecuencia es una atractiva joven acompañada de un veterano periodista, los padres que sólo ayudan (si es que lo hacen) y no comparten las tareas domésticas, y la amiga que por ser rubia es tonta y el amigo que por ser rubio es guapísimo.

A mi, sinceramente, el manual puesto tan de moda entre nuestros políticos para lo que ellos han querido denominar como uso no sexista del lenguaje, designando así a todo aquel sustantivo su género femenino, me resulta una estúpida cortina de humo, al igual que la creación de términos nuevos como el de violencia de género o discriminación positiva que, a mi juicio, además de poner a la mujer en el papel de “pobrecita” y seguir, por tanto, con esa desigualdad, me resulta de lo más incomprensible que se quiera utilizar la discriminación para lograr la no discriminación.

Así las cosas, lo único que deseo es que algún día no muy lejano las mujeres seamos capaces de dejar de tirar piedras contra nuestro propio tejado y que no haya que mirar hacia otro lado al ir andando tranquilamente por la calle y escuchar una grosería porque no exista el hombre que diga tal cosa ni la mujer que lo consienta.viol

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Me despierto con una resaca terrible. Lo primero que hago es dirigirme al frigorífico a ver de qué puedo echar mano. Mis ojos, en seguida se posan en una mousse de chocolate a punto de caducar la cual devoro al instante. Al fin y al cabo, ningún alimento encuentro más placentero que el mismo y hubiese sido una pena no haber disfrutado cuando aún podía hacerlo de esa dosis de felicidad súbita que produce su sabor al entrar en contacto con el paladar.

Al acabar, me dirijo hacia el salón y enciendo la televisión. Como no, en la programación de la sobremesa echan una de esas películas románticas ideales para digerir la comida y también las penas de amor. La misma, en resumen, trata sobre una joven enferma cuyo fin, de manera irrevocable, es la muerte pero que encuentra en el amor una fuente de vida. Así, comienza relaciones para las que fija una fecha de caducidad, en concreto un mes después de su inicio. Es entonces cuando con la llegada del mes de noviembre, época de melancolía  y ocaso de la vida intensa del verano conocerá también el amor verdadero, siendo consciente en todo momento de que esa ilusión que ha despertado en ella está destinada a perecer al igual que las hojas de los árboles con el transcurso de dicha estación otoñal.

Al finalizar la película he sucumbido a una serie de cavilaciones a partir de una frase que dice así: “Si te vas ahora, lo que tuvimos será perfecto para siempre”. Y puesto que la vida no es perfecta, sólo poniendo punto y final a la relación cuando todavía está floreciendo, antes de que el transcurso del tiempo y la monotonía surgida de la cotidianidad marchiten la misma,  la belleza subsistirá en el recuerdo. Así lo plasmó el poeta inglés William Wordsworth en una de sus obras más conocidas y sus versos a la fugacidad del tiempo, la pérdida de la juventud y la importancia de los recuerdos como vía de escape a las frustraciones derivadas de un presente ingrato, hacen que su oda a la inmortalidad del ayer siempre guíe mis pensamientos.

Por tanto, ante un amor con fecha de caducidad quizás lo lógico sea afrontar este tipo de situación aceptando lo que la otra parte te ofrece hasta que termine, porque va a terminar. Saborear cada uno de esos instantes de pasión, complicidad, cariño y risas que de ella se desprenden. En otras palabras, vivir el día a día y disfrutar el presente, sin hacernos preguntas acerca de un futuro incierto. Claro que esto está muy bien en la teoría, pero en la práctica todo será más complicado cuando el tan temido interrogante de ¿qué hubiera pasado si…? entre en escena y se instale en cada uno de los rincones de tu corazón durante tiempo ilimitado. El perfume de las cosas que has querido y ya se han ido que envuelve a la nostalgia es difícil de olvidar, más aún si el mismo es como una droga que aspiras y vuelves a aspirar…. hasta que tu criterio para razonar se esfuma por completo.

Su extravagancia provoca en mi la tentación de querer ahogarme en esa marea de caos y lucidez que experimento cuando estoy a su lado y que comienza con el deseo, continúa con el placer y acaba con la tristeza. La que me envuelve cuando le veo alejarse. La que me envolverá cuando una noche de verano, al pedirle al tiempo que regrese, el mismo haga caso omiso de mi petición y me deje sola con mis recuerdos.

Entonces, acudirá a mis pensamientos esa canción que en los últimos días tanto me da por escuchar y que dice: “Es el destino quien nos lleva y nos guía, nos separa y nos une a través de la vida”. Y a su vez, pediré a ese mismo destino que si nos decimos adiós y pasan los años, nos volvamos a encontrar en otro país, otra ciudad u otra vida (como prosigue la canción).

Mientras tanto, sólo me queda disfrutar. Sin pensar en que el reloj de arena ya se ha dado la vuelta para empezar a dejar que esta caiga lentamente.amor en reloj de arena

Si algo le pido a la vida es que mi historia sea diferente.

Siempre he estado en total acuerdo con una frase que dice “La normalidad es la excusa de la mediocridad generalizada”. Y es que sino, jamás podré entender que aquellas madres jóvenes que todas las mañanas me encuentro en la puerta del colegio charlando entre ellas sobre lo que van a cocinar ese día o lo antipática que es la tutora de su prole, tuviesen alguna vez unos retos e ilusiones más allá de lo estrictamente convencional e impuesto por la sociedad.

El sueño de la mayoría de mis amigas siempre ha sido casarse y tener hijos. En mi caso, pensar en que algún día este hecho me ocurra a mi también me da verdadero pavor. Reconozco y acepto que mi idealismo a veces hace de mi una quijote de nuestros días. Vivo mi realidad, un tanto excéntrica quizá, en la que prima el individualismo extremo en muchas ocasiones. Soy una inconformista con la mayoría de las cosas que me rodea; Por tanto, hace ya mucho que me di cuenta que mi realidad nunca sería tan fácil de encajar con la realidad de otras personas a no ser que compartiesen ese grado de locura que a mi tanto me fascina y que la sociedad rechaza en el mismo grado.

Los cisnes blancos necesitan pisar tierra firme y conocer por donde discurren los senderos en los que se adentran. Rechazan lo impredecible, en tanto les asusta lo que escapa a su control. Sin darse cuenta de que lo bonito que tiene esta vida es que nunca se deja atrapar…. aunque la persigas para darle caza jamás dejará que lo hagas.

No tengo miedo a saltar al vacío y adentrarme en una espiral de desorden y caos en la que pierdo todo equilibrio sobre mi mente y cuerpo. Porque se que esa búsqueda constante del mismo, que a mucha gente puede parecerle aterradora, a mi me resulta excitante.

¿Por qué narices tengo que echarme novio para compartir una hipoteca? ¿O tener un trabajo estable en el que esté de por vida en la misma ciudad para así todos los benditos domingos asisitir a una reunión familiar? Es lo que hace la mayoría de la gente si, pero eso no significa que quienes no queramos actuar en la misma forma seamos seres de otra galaxia, sino simplemente cisnes negros que caminarán solitarios sin rumbo fijo hacia donde la corriente les lleve. Sin pensar en lo que les deparará el mañana y bastándose sólo con improvisar su presente. Un presente forjado desde su libertad y creado a través de valentía y sueños  que desafíen lo que les venga impuesto del exterior.

Yo, mientras tanto, seguiré andando del revés cuando me plazca. Aún a riesgo de que las posibilidades de que tropiece sean más elevadas… y peor aún, también la risa generalizada.

“Mi crimen fue vestir de azul al príncipe gris”. Pero, ¿quién podría atreverse a condenar a este poeta llamado Joaquín Sabina, por escribir con cada uno de sus versos la canción más hermosa del mundo y hacer que las protagonistas de sus cuentos sean princesas de saldo y esquina que en vez de en palacios viven en la calle Melancolía de una ciudad donde regresa siempre el fugitivo? Al fin y al cabo, el de Úbeda tiene corazón de chotis.

Esas mismas princesas que aparecen en sus letras no tienen perro que las ladre, ni tampoco quien de la vida entera por llevarlas el equipaje. Si acaso, números rojos en la cuenta del olvido… Pero es que este torero del alma no es de los que vendan el amor sin espinas. Consciente en todo momento de que muchos son los besos que mueren antes de nacer y que quinientas noches no son suficientes para olvidar a quien se ha ido y nos ha dejado abrazados a la ausencia que ha dejado en nuestra cama, ese canallismo ilustrado de paladar fino que brota de cada una de sus ya míticas frases ha sido el que lo ha encumbrado al éxito.

Él que dice que nunca ha tenido más religión que el cuerpo de una mujer, ha probado ese sabor a vinagre y rosas que sólo conocen aquellos que le han metido mano a la vida (se haya dejado o no) y han partido de viaje a vivir otras vidas, a probar otros nombres, a colocarse en el traje y la piel de todos los hombres que nunca serán. Porque sólo quienes se juegan la vida a pares o nones por fulanita de tal  y no tienen miedo a que se acuesten la razón y el deseo, son dignos para hablar sobre el verdadero significado de la palabra amar.

Sabina no estará ni tan arrepentido ni encantado de haberse conocido como él confiesa. Más yo si he de confesar que este corazón que estaba cerrado por derribo si escapó de una cárcel de amor, de un delirio de alcohol, de mil noches en vela (ya se sabe que el amor cuando no muere mata), fue gracias a conocer mejor sus canciones. Las mismas que han hecho que Cupido cada día tenga menos poder para vengarse de mi, pues ya no soy presa de ningún juez y tampoco miro atrás, pues el mañana es hoy. Y aunque antes no quisiese Paris con aguacero hoy se que Paris es bello aunque llueva sobre mojado. Ya no me importa ir a Venecia sin ti… pues no hay nostalgia peor que añorar lo que jamás sucedió. Y sobre todo, porque si hoy día me arriesgo a pisar cristales es porque se con total seguridad que son de bohemia.

Los acordes de sus melodías han dirigido la orquesta que ha sonado a lo largo de estos últimos años en mi vida y que seguirá haciéndolo en los siguientes. De hecho, a la orilla de la chimenea y con un buen champán francés espero que el fin del verano nos sorprenda bailando alguna de sus canciones bajo los techos de alguna habitación con vistas a tu piel… Mientras nos dan las diez y las once, las doce y la una y las dos y las tres y desnudos al anochecer nos encuentra la luna…

Valle- Inclán, en su obra ‘Luces de Bohemia’, saca a relucir por vez primera el término del esperpento.
Si bien podría decirse que las luces se apagaron hace ya mucho en el escenario irreal y deforme que supone la vida política de este país, sus actores continúan paseándose por él y adoptando formas cada vez más grotescas.
Pero este nuevo concepto no surgió gracias a la creación literaria del famoso escritor, sino que ya había tomado forma con anterioridad en el lenguaje llano del pueblo. Por tanto, este ejemplo debería servir para que aquellos que en teoría (y sólo en la teoría) gestionan y administran los recursos públicos en interés del ciudadano, no se olviden de que el pueblo es motor de creación, impulsor de nuevas corrientes que acaban desplegando sus  efectos en todos los  ámbitos de la vida y estamentos sociales.

Así, el sueño de la aniquilación del concepto de élite no podría darse en la actualidad, cuando el ocaso de los verdaderos socialismos se ha hecho tan palpable y, por tanto, el discurso (utópico o no) de una sociedad sin clases ha quedado relegado al olvido.  Pero la relación entre tal término y los ideales republicanos franceses que vinculaban la élite con quienes ejercían el poder por sus virtudes y sus méritos y no por su origen familiar, parece haber quedado hoy en día también obsoleto, cuando esta falsa democracia que nos había vendido esa misma élite ha mostrado su cara más amarga. Sino, no se entiende la razón por la que suceden casos como el de Andrea Fabra, la cual si en vez de haber sido hija del expresidente de la Diputación de Castellón, Carlos Fabra, hubiera sido la Andrea que debía de comerse el pollo, por mucho que sus dotes y cualidades para la política la hiciesen meritoria de un asiento en el Congreso de los Diputados poco habría podido hacer Andreíta…

Vaya descaro que aquellos los cuales han podido acceder a una educación elitista debido al nivel económico-social que su familia posee y obtener un trabajo en base a las influencias y contactos que también la misma tiene, se permitan el lujo de criticar a aquel que no ha corrido su misma suerte  y se encuentra en una situación de desesperación. Pero claro, el ser humano es por naturaleza egoísta y la frase: “¡que se jodan!”, la cual fue vertida por la diputada  del PP, no deja de ser la de una niña pija carente de escrúpulos y corazón a la que la oligarquía política que dirije este país, ha otorgado un puesto para representar a toda esa plebe que a sus ojos y a los de su misma calaña, no son más que parásitos sociales avocados a un ¡QUE SE JODAN!

Pero algún día los que se van a JODER pero bien van a ser todos ellos. De hecho, ya imagino la cara de desolación de la pija rubia al ver la estatua de su papi (impulsor del aeropuerto de Castellón) que costó 300.000 euros a las arcas públicas, totalmente en ruinas. Una recreación de la mítica escena de Charlton Heston en ‘El planeta de de los simios’ cuando descubre que el mundo ya no está dominado por quienes hasta entonces habían tenido esa hegemonía, sino por los que nunca pensaron la tendrían.

Y es que ya vale de tanta presuntuosidad, clasismo y gilipolleces varias de quienes se creen ‘élite’ y no son más que chusma. Porque si realmente hay una verdadera acepción para tan irritante término, la misma se debería basar en la honestidad y el coraje, dejando a un lado lo tocante a nivel de intelecto, posición social, etc.

Bajo el título de ‘Spanish Revolution’ y el retrato de una abarrotada plaza del Sol, los principales medios de comunicación de todo el mundo se hacían eco de un movimiento, el de los indignados, surgido de las entrañas ideológicas de un sector de la población de este país compuesto en su mayoría por jóvenes. Los cuales, antes de que esta oleada de protestas inundara las calles de las principales ciudades españolas eran criticados por su falta de interés en lo referente a cuestiones políticas y, en la actualidad, cuando vuelve a cobrar fuerza este sentimiento reivindicativo se vuelve de nuevo a lanzar acusaciones sobre esta juventud sin futuro por el motivo contrapuesto: su inmiscusión en dichos asuntos.

Así, llegamos al punto en el que se trata desde diversas instituciones “sospechosas” de la defensa de unos mismos dogmas de dañar su imagen a través del lenguaje, principal arma arrojadiza con la que llevar a cabo las más encarnizadas guerras. Así, palabras como: “perroflauta”, “antisistema”, y otras tantas, no exentas de tintes peyorativos, son cada vez más frecuentes al referirse a un grupo de individuos que no hace sino defender de forma pacífica sus derechos sociales y políticos, mientras se enfrenta a una precariedad laboral terrible siendo la generación más preparada que ha tenido este país a lo largo de su historia.

Esos mismos derechos que, por cierto, esta falsa democracia se jacta de prodigar y que nos están siendo arrebatados bajo el pretexto de que dicho sistema es el más justo de cuantos hemos conocido y conoceremos.

Así, no me entra en la cabeza como los mismos abanderados de la democracia, se permiten cuestionar la legitimidad de unos actos que tienen su origen en los principios fundamentales de la Constitución española, más concretamente, en su artículo 21. Porque manifestarse es también un cauce del principio democrático participativo, y no está de más recordar que la democracia no se agota con las elecciones, sino que se completa con la actividad cívica de la ciudadanía a través de las formas que la Constitución reconoce. Y el derecho de reunión, como derecho individual de ejercicio colectivo es uno de ellos.

Es obvio que la crítica a las instituciones públicas en una manifestación no supone su deslegitimación, sino que es una forma más de control social difuso de los representantes políticos por parte de la población. Con independencia de quien gobierne y de quien reivindique.

La autorización que se hace necesaria para ejercer el derecho a manifestarse muestra una concepción del régimen jurídico de los derechos basado en el control preventivo de su ejercicio, lo que significa que antes de ejercerlos se hace preciso que el Gobierno conceda la gracia de poder ponerlos en práctica. De estas afirmaciones puede colegirse que el Ejecutivo, al parecer, en un supremo acto de tolerancia se ha permitido atribuir a sus conciudadanos la libertad para que griten en la vía pública. Cuando queda fuera de toda duda razonable que en la lógica de un régimen liberal democrático resulta inconcebible pedir permiso para ser libre.

Ahora bien, me pregunto si alguna vez se habrán cuestionado acerca de la ilegitimidad de los mecanismos diseñados para generar las medidas que han sido puestas en práctica. Tales como el rescate de diversas entidades financieras con dinero público sobre la base de inculparnos a todos en el declive del capitalismo, no dejando de repetirnos hasta la saciedad que derrochamos en exceso y que vivimos por encima de nuestras posibilidades. Lo cual, no deja de parecerme una consecuencia lógica y directa del capitalismo… En todo caso, ¿dónde estaban los poderes públicos para defendernos y frenar a esos entes privados que se lucraron con ello y aún hoy lo siguen haciendo ante una situación que cualquiera que tuviese dos dedos de frente y fuese algo entendido en la materia perfectamente podía haber pronosticado? ¿No es función del Estado velar por los intereses de sus ciudadanos? Posiblemente, nuestros políticos estuviesen demasiado atareados tomándose cafés en los aledaños al Congreso de los Diputados mientras la sesión ya se había iniciado o quizá, cerrando importantes negocios con arquitectos de renombre o yernos con (a priori) inmunidad diplomática aunque no figure en ninguna ley escrita.

He de hacer alusión a un texto de Stéphane Hessel que supuso toda una inspiración a los primeros valientes que empezaron a dar cabida al sueño de la, también llamada, ‘primavera española’ hace ya casi un año. Dice así: “Convoquemos una verdadera insurreción pacífica contra los medios de comunicación de masas que no propongan como horizonte para nuestra juventud otras cosas que no sean el consumo en masa, el desprecio hacia los más débiles y hacia la cultura, la amnesia generalizada y la competición excesiva de todos contra todos”.

 

Concluir, por último, diciendo que no creo que estos movimientos vayan a generar cambio alguno en las bases de un sistema que se ha mostrado insuficiente para responder a las necesidades de la población mundial, como ya lo hicieran otros a lo largo de la historia. Mi escepticismo radica en que una revolución ha de empezar a gestarse en la conciencia de un pueblo y aunque muchas podrían ser las similitudes con respecto a los antecedentes y causas que propiciaron la Revolución francesa, creo que hoy por hoy lo único que está dispuesto a asaltar el pueblo español son las fuentes de Neptuno y Cibeles, pero olvidámonos de una toma de la Bastilla . Al menos, de momento…

Recuerdos

Recuerdo como si hubiese sido ayer esos veranos que nunca desaeaba acabasen, en los que el Sol parecía no querer esconderse hasta que a lo lejos, los picos más altos que forman los Montes de Toledo abordaban los últimos rayos que despuntaban sobre el horizonte con prisa, casi devorándolos, para que el manto azul oscuro casi negro con estrellas bordadas en hilo de oro hiciese por fin su aparición.
Así, echando la vista atrás, me veo contemplando dicha imagen, mientras el olor al guiso de mi abuela parece atravesar las paredes de un blanco cenizo algo desconchadas por el paso de los años de la casa sobre la cual se asentaba nuestro hogar. El único que he conocido o, mejor dicho, que he sentido como mío y, también, ejemplo como ninguno del verdadero significado del término remanso de paz.
Escribo todo esto porque hoy, al llegar a casa y entrar en la cocina, me he vuelto a sentir embriagada por esos recuerdos de infancia… recuerdos en su mayoría felices y que tienen su origen en esa casita de techos bajos y tejado rojizo, sobre el que a menudo caminaban majestuosamente un sin fin de gatos que nos observan cautelosos desde lo alto; mientras que abajo, en el jardín, se desarrollaba la partida al chinchón o cualquier otro juego de cartas entre mis abuelos y yo. Jardín el cual, estaba escoltado por rácimos de uvas y espinas de las rosas más bellas que jamás he vuelto a ver y donde pasaba horas y horas jugando y riendo con ellos.

Y mientras expreso esto, me asalta de nuevo este sentimiento que en los útimos días se ha intensificado más y más hasta apoderarse de mi, el del fracaso. He de ser franca conmigo misma y reconocer, que no he estado a la altura en cuanto a los principios de bondad, generosidad y esfuerzo que mis abuelos trataron de forma inagotable de inculcarme durante aquellos maravillosos años. Quizás, premisa de ello y por poner la nota de humor discordante en todo esto, fuera que siempre me posicionaba en secreto del lado de la mala en aquellas telenovelas procedentes del otro lado del charco y que, en la sobremesa, siempre veíamos. Y es que esas apasionadas y rocambolescas historias de amor y celos que en las mismas se desataban, eran de lo más adictivas. Con el único desconsuelo para mi que al final, en todas ellas, la ‘santurrona’ se acababa llevando al galán de turno. Tónica general de lo que la vida habría de reservarme; más, de forma irremediable, la misma también está llena de gente que se siente atraída por los rebeldes sin causa. Así, sabiéndome perteneciente a este grupo y, aún con esas, habiendo siempre gozado del favoritismo de mis abuelos, es posible que en en su fuero interno, ellos también deseasen fervientemente que el triunfo fuese para la que había empleado todos sus medios ya fuesen en mayor o menor medida reprochables, con un fin tan digno como el de ser amada.