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Archive for 23 diciembre 2012

Me despierto con una resaca terrible. Lo primero que hago es dirigirme al frigorífico a ver de qué puedo echar mano. Mis ojos, en seguida se posan en una mousse de chocolate a punto de caducar la cual devoro al instante. Al fin y al cabo, ningún alimento encuentro más placentero que el mismo y hubiese sido una pena no haber disfrutado cuando aún podía hacerlo de esa dosis de felicidad súbita que produce su sabor al entrar en contacto con el paladar.

Al acabar, me dirijo hacia el salón y enciendo la televisión. Como no, en la programación de la sobremesa echan una de esas películas románticas ideales para digerir la comida y también las penas de amor. La misma, en resumen, trata sobre una joven enferma cuyo fin, de manera irrevocable, es la muerte pero que encuentra en el amor una fuente de vida. Así, comienza relaciones para las que fija una fecha de caducidad, en concreto un mes después de su inicio. Es entonces cuando con la llegada del mes de noviembre, época de melancolía  y ocaso de la vida intensa del verano conocerá también el amor verdadero, siendo consciente en todo momento de que esa ilusión que ha despertado en ella está destinada a perecer al igual que las hojas de los árboles con el transcurso de dicha estación otoñal.

Al finalizar la película he sucumbido a una serie de cavilaciones a partir de una frase que dice así: “Si te vas ahora, lo que tuvimos será perfecto para siempre”. Y puesto que la vida no es perfecta, sólo poniendo punto y final a la relación cuando todavía está floreciendo, antes de que el transcurso del tiempo y la monotonía surgida de la cotidianidad marchiten la misma,  la belleza subsistirá en el recuerdo. Así lo plasmó el poeta inglés William Wordsworth en una de sus obras más conocidas y sus versos a la fugacidad del tiempo, la pérdida de la juventud y la importancia de los recuerdos como vía de escape a las frustraciones derivadas de un presente ingrato, hacen que su oda a la inmortalidad del ayer siempre guíe mis pensamientos.

Por tanto, ante un amor con fecha de caducidad quizás lo lógico sea afrontar este tipo de situación aceptando lo que la otra parte te ofrece hasta que termine, porque va a terminar. Saborear cada uno de esos instantes de pasión, complicidad, cariño y risas que de ella se desprenden. En otras palabras, vivir el día a día y disfrutar el presente, sin hacernos preguntas acerca de un futuro incierto. Claro que esto está muy bien en la teoría, pero en la práctica todo será más complicado cuando el tan temido interrogante de ¿qué hubiera pasado si…? entre en escena y se instale en cada uno de los rincones de tu corazón durante tiempo ilimitado. El perfume de las cosas que has querido y ya se han ido que envuelve a la nostalgia es difícil de olvidar, más aún si el mismo es como una droga que aspiras y vuelves a aspirar…. hasta que tu criterio para razonar se esfuma por completo.

Su extravagancia provoca en mi la tentación de querer ahogarme en esa marea de caos y lucidez que experimento cuando estoy a su lado y que comienza con el deseo, continúa con el placer y acaba con la tristeza. La que me envuelve cuando le veo alejarse. La que me envolverá cuando una noche de verano, al pedirle al tiempo que regrese, el mismo haga caso omiso de mi petición y me deje sola con mis recuerdos.

Entonces, acudirá a mis pensamientos esa canción que en los últimos días tanto me da por escuchar y que dice: “Es el destino quien nos lleva y nos guía, nos separa y nos une a través de la vida”. Y a su vez, pediré a ese mismo destino que si nos decimos adiós y pasan los años, nos volvamos a encontrar en otro país, otra ciudad u otra vida (como prosigue la canción).

Mientras tanto, sólo me queda disfrutar. Sin pensar en que el reloj de arena ya se ha dado la vuelta para empezar a dejar que esta caiga lentamente.amor en reloj de arena

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